Sunday, July 26, 2015

Memoria de Enrique



La memoria, huidiza, opaca, transitoria, me engaña otra vez con sus mentiras.

Volverá -me dice-, volverás a verlo.
Te reirás con él como lo hacían antes: un mediodía de sol y cafés a la intemperie
en una esquina cualquiera de esa isla sin ángulos ni esquinas.
Con ese gesto que ahora ya no encuentras se acercará a tu mesa y charlará contigo.
O habrá un cine, y una pequeña pantalla donde sombras, no siempre de la China,
proyectarán lucecitas de color sobre vuestras fantasías.
O los tres pinos retorcidos por el viento, al lado mismo de ese mar ajeno de color turquesa, te verán sonreír mientras él se acerca.
No importará el entorno.
¡Hola!, te dirá sin más, como si nunca se hubiera ido para siempre.
Llevará una camisa sin cuello, de tela labrada y rayas muy finas, ¿la recuerdas?
Lo verás frente a ti, absorbiendo distraído el humo gris hasta la última hebra de tabaco.
O la mano en la boca con expresión de susto, y el cigarrillo preparándose para escapar de sus dedos, de la misma punta de sus dedos... sostenido con asco y con rencor,
deseando que por fin se aleje de su mano.

Volverá, ya verás.
Golpeará en tu puerta, te gritará desde la calle.

Estás muerto, le digo. Está muerto, me repito.
La memoria es, además de engañadora y turbia, zalamera y caótica.

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