Cuando era niño me decían que
de actuar con maldad o alevosía
me harían arrodillar sobre sal gruesa
una práctica de las monjas salesianas
que administraban su justicia doméstica
a espaldas de dios y con el beneplácito de algunos, bastantes, muchos hombres. Poco después, ya lejos de casa, pálidos curas de sotana negra y alma oscura, me hicieron arrodillar sobre la madera rancia de los reclinatorios para hacerme perdonar unos pecados que ni siquiera había cometido, y que ellos, preocupados por hurgar con manos frías entre mis entretelas húmedas, por meter manos donde nadie se había atrevido antes a meterlas, decían conocer sólo de oídas. Paños violetas y cirios encendidos, biografías sucintas que siempre terminaban en martirio,
coloridas imágenes de cuento que nunca nos miraban, que jamás sonreían, cuerpos flagelados de hombres lasos, moribundos, mujeres con los ojos en la nubes y senos en bandeja, conformaban nuestra cotidiana y teatral escenografía
El guión, por ser vulgar, no era sencillo: premonitorias peroratas sobre el destino de nuestras almas becerriles, pecadoras, asándose entre las llamas impías de ese infierno que, para mayor desgracia, siempre se asociaba con mi nombre de pila, bautismal, por supuesto No era fácil imitar en nuestra infancia a esos santos de mirada voladora, distraída, objetos del placer extremo, en forma de violaciones y torturas, hasta el final, fatal, letal castigo.
Por vulgar honestidad o pura tontería, deberé confesarme aquí y ahora, ya lejos del confesionario: aunque todos aquellos santos sufridores, un instante después de sus calvarios alcanzaban el cielo, no me parecían un ejemplo a seguir con alegría; jamás, en realidad, me resultaron demasiado divertidos. Pasaron los años y abandoné el colegio salesiano con sus diarias misas obligadas, con sus cerúleas, muy moradas realidades, y sus alucinatorias fantasías Pensé que al irme dejaría atrás, junto a la sotana roja de los monaguillos, santidades, culpas y castigos, que más allá de esa puerta cerrada a cal sin cantos, de sus responsos, sus rosarios y sus sacristías, podría vivir las horas que tenía a mi nombre como algo propio, de mi pertenencia;
un futuro dantesco sin catástrofes,
una dantesca historia sin tragedias ni caídas
Hoy ha pasado el tiempo y me detengo a recorrer
el álbum de mi vida
Es demasiado tarde para arrepentirse,
demasiado temprano para llorar sobre la abierta,
inapelable y muy fatal herida
El dolor está latiendo como un tatuaje vivo bajo esta piel
que habito:
abrasada sin mimo por miles de soles ya apagados,
por un millón de pasos ya perdidos.
Foto de Dante Bertini
La función del arte es edificar, reconstruirnos cuando estamos en peligro de derrumbe.
Sigmund Freud.
translúcido fuego
de artificio festejando el deseo
consumido al
unísono,
frutos incorpóreos
de una reflexión
con impreciso punto
de partida
y ningún destino
cierto,
producto desbocado
de nuestro pensamiento
en la paz
algodonosa, momentánea,
en el húmedo
descanso transitorio después
de las batallas
habituales
-sin rastros de
sangre sobre nuestras carnes,
aunque jamás
incruentas-
esos pobres niños
sin nombre ni apellido,
despojados de pilas
bautismales,
de fiestas y
padrinos,
nos persiguen por
las calles jugando al escondite
con nuestros
irremediables, frívolos,
estúpidos
remordimientos
-los sentimientos
trastocados
por el duelo
silencioso de esas muertes prematuras,
previas-
y mientras aúllan
la tristeza de su no nacimiento,
usan nuestro
corazón como bayeta
para limpiar sus
culpas,
saltan desde la inocencia de su limbo inexistente sobre las rayuelas desteñidas, rotas, de un pasado pisado con trajinado aliento. Atraviesan los ocho o nueve pasos del infierno sin alcanzar jamás el cielo
Dante
Bertini Junio/julio de 2012,
Barcelona Ilustración de Mark Rydell
Hace algunos años lo vi bailar en un teatro de Barcelona.
Me impresionó su estampa, clásica y moderna a la vez, y también la fuerza que ponía en sus interpretaciones.
Al llegar a casa escribí lo que sigue, guardándolo desde entonces en un cajón virtual de mi ordenador.
Por estos días, una conocida anunció por la red su encuentro amoroso con este hombre.
Pasaron los años y quizás hoy mismo no escribiría lo que escribí aquella madrugada, sin embargo vale la pena como recuerdo de un momento que ya fue, de otro verano.
Camisa blanca y pantalón estrecho, cadena gruesa sobre el pecho recio
-varón gitano de aceitunados
óleos-
se lanza al escenario,
Rafael, sin redes:
jugando como un ciego con
el vértigo,
abriendo espacios vivos,
jardines y marismas
donde sólo había silencio,
oscuridad y silencio.
Danzante intrépido al filo
del abismo,
navaja, piedra, raza y
movimiento,
en un instante quiebra la
cintura,
gira los brazos, los dedos,
la cabeza
y es hembra maga que cuenta
sin palabras
mil y una noches de
insomnio acariciante,
de tiernos satenes y
mullidas almohadas,
de cobijadora
somnolencia.
Otro segundo más y el niño
asoma
buscando la mirada
complacida
de aquel bosque, duna,
playa, mar, océano,
quieto paisaje de ojos que
lo enfrentan para observarle el alma que lo llena.
Criatura en la orilla del
océano,
pájaro frágil meciéndose en
lo alto de la rama,
no sabe si merece aquel
aplauso que recibe
aunque sabe muy bien cuánto
lo aguarda.
Rafael no corta el
aire,
lo
acaricia,
trenza con él amor y
disensiones,
soledad y encuentros,
presentes y
añoranzas.
Si baila Rafael, la vida se
pregunta:
“¿Qué estoy haciendo aquí,
tan sosegada?”
Rafael,
Rafael,
tres veces
Rafael.
De amargo,
nada.
Dante Bertini, BCN (algún año de los primeros
2000)
Es parte
de un libro de retratos aún no publicado.
Quise enamorarme una vez más y lo logré sin medianías,
aunque con virtual nocturnidad y flagrante,
incruenta alevosía;
perdiendo la cabeza como debe hacerse:
olvidándome de prejuicios y deberes,
abandonando como un diario ya leído
esa moral que me pesaba como un grueso
volumen de obsoletas, pesadas,
innecesarias teologías;
traspasando fronteras,
abatiendo los límites,
dejando atrás toda mi mediocre,
burguesa,
aburrida,
repetitiva,
amanerada y descafeinada tontería.
Ahora, después de alimentar tu esquiva sombra huída,
de llorar tu ausencia de la misma manera
en que un niño pequeño llora a gritos,
caprichosamente encaprichado,
detrás de los barrotes de esa cuna suya,
tan tibia y necesaria como malquerida y despreciada,
quisiera que el olvido me ayudase
a no recordarte como te imaginaba...
quizás por no encontrarme solo como estaba antes
de que aparecieras vos:
gajo errabundo de un árbol desgajado
por un soplo interior, primario, familiar, atávico,
ensueño azul de plata y barro
atrapado sin escapatoria en una red de ensueños varios,
joven brote de hierba sin destino
conducido por un viento hosco hasta mi camino árido
Mientras te pienso a cada instante
paladeando el dolor que me produces,
quiero olvidarme de haberte conocido...
aunque sepa que pedir un milagro como este
es, con toda seguridad, pedir mucho más que demasiado. (revisado y corregido el 9/4/12)